Luis Alberto Crespo
UN VIAJE A LAS CUMBRES DE UNA ESCRITURA (2021-2025)
A estas horas de su vivir -el humano, el ofrecido al prójimo en defensa de la justicia y el del cazador del oprobio, al que nos tiene habituado, Tarek William Saab,- el poeta Tarek William Saab, ha determinado, como los viejos vates, los fabbros, emprender un destino que fue obediencia en Rilke -una vez más Rilke- al adiós y también al regreso, que para el gran lírico europeo escuchara en medio de la borrasca del Adriático las voces del empíreo por boca de lo angélico. Esto es el irnos, el ser ayer, siempre, la despedida, mas no para abrazar el olvido, sino para existir en el siempre antes y el después.
¿Por qué sostengo esto?, porque en el caso del poeta de los silencios de Guanipa, allá en su Oriente, aquel joven que un día yo confundiera -hace ya casi medio siglo- con un viejo sabio y errante beduino detenido en la canícula de El Tigre-cediera desde entonces una poesía y una política, celebradas por acreditados nombres de la meditación crítica -Liscano, Sanoja Hernández- los cuales vieron en ellas la celebración del héroe, la loa al enfrentamiento con el riesgo de asumirlo y su peligro y al comportamiento amoroso con la bella, dichos, así, con minucia, deteniéndose en su euforia pero también en su murmullo, confundido -y esta será una constante en su propuesta creadora- con el otro y lo otro, soñador con ellos de una causa colectiva y atento a la ternura y la dulzura que tales riesgos de lo existencial conllevan y cuyo resultado en la escritura es y será un indesmayable ejercicio de un verbo donde la confidencia personal asume lo indistinto de toda solidaridad colectiva. Cada obra de Tarek William lleva esa impronta, desde sus comienzos, desde aquella confidencialidad que digo, suerte de humanismo práctico, al modo como Eluard le exigía a la poesía. Los reconocimientos que los numerosos títulos de su que hacer poético ha recibido en las no pocas y trascendentales lizas literarias, nos acostumbraron a la lectura del poema hímnico, al canto, entonces, celebrante y a su recuento amoroso, sensual, mejor, en cuya esencia predomina el testimonio y el ensueño, la conjunción carnal y el desamparo.
Así ha sido, pues, ese encuentro con una vida de poeta, engagé, dijera Sartre, fiel a esa pasión por una utopía realizable, aún en medio de sus dificultades histórico-políticas, capaz, para contentamiento de nosotros sus lectores, de darle participación a la soledad, a su sosiego y a la angustia misma que tal apartamiento exige de quien lo profesa para vivirla y memorizarla. No en balde esa conducta ha conseguido armonizar el recuento de un sentimiento con un humanismo entendido como ética, la civil del justiciero que lo habita y la íntima del amante y la del añorante, el de la infancia, el de la pureza recobrada por el poema, y el de la nostalgia lejana y próxima. He ahí, pues, su moral y su lírica, pues en ambos comportamientos ha conocido y conoce disciplina, entrega.
Ahora, en su siempre antes y después creadores, nuestro poeta, lo sostenemos una vez más, revisa su ontología, como sostiene Umberto Eco; se regresa al principio vivencial, a la regionalidad de la que tanto habla Derek Walcott, principio y constante de toda universalidad poética, para dirigirse hacia el vasto lector que lo sigue y lo consulta para explicarse, para entenderse con lo evidente y lo mistérico, eso que toda poesía conlleva, como el hueso al fruto, no ya como el acostumbrado confidente múltiple de su obra precedente, sino como el silencioso, el parco, el que se da a murmurarnos todas las vidas recorridas en su poesía, mas sin repetirse nunca, la que atraviesa su desierto rural, la que transita por los mundos, éste, el del país, y el otro, el de la nieve y su casa helada, o aquel el de la errancia, su errancia.
Tal elocuencia, de la que hemos nombrado su recuento, el del recuerdo de su goce, se la coniza esta vez, se torna casi silenciosa, depurada del testimonio y sus trasfondos, para regalarnos su delgadez, la blancura de sus espacios, la frase de aire y viento en lo más lejos de su esencialidad. Se dirían apuntes, notaciones de lo más profundo de nosotros, lo realizado, lo inconcluso, esto es, su metafísica, si le creemos a Wittgenstein cuando asevera que todo metafísico es alguien en busca de su casa.
Ese laconismo, lejos de esquivar la elocuencia, lo prolonga. La pausa, esta vez, en el habitual lenguaje de Tarek William, se acentúa, se difunde entre uno y otro silencio, ayer, hoy, siempre, no sabemos ya en cual tiempo, una tarde, en pleno plenilunio, en la ciudad, el matorral, la desnudez de la amada y su insistente desamparo, montañas, arena, Anzoátegui, le Mont Blanc, o el tejado, su animal baudelariano, a veces no más callado que las tres o cuatro frases, sin saber adónde ir en nuestro fatal adiós rilkeano el cual es, como ya sabemos, regreso. Hay ratos en que esta mencionada delgadez de alambre, de hoja suelta al viento, dura eternamente en su revelación y es triste, de pronto, porque así lo quiere Leopardi, porque lo triste es infinito, y fiel. Es la caída del sol, es Abajo más abajo caí a los fondos. El tiempo que lo detiene, poco importa el año, como el de aquel poema de Rosas Negras: A una hora de la noche donde/el silencio reina bajo los cielos Nada de ti vive en mí.
Insistir en la desolación es un asunto anímico recurrente en la soledad sonora de Tarek William pero aquí, en este orilla del blanco y de la pausa de Un tren viaja al cielo de la medianoche, el irse por el camino de hierro del ferrocarril, oculta, esconde, mejor, su transcurso, se metaforiza, oculta lo hondo en su superficie. En los asiduos rasgos de cada testimonio asoma, por ejemplo, la figura paterna, confundida esta vez, con su vida y su muerte, como todo viaje, que lo diga si no Neruda. Cimas lejanas es el viaje, ese viaje, hacia arriba de continuo, hacia la cúspide de lo celeste y terrestre a un punto, al eclipse del corazón. Hay mucho de sagrado en esta escritura culminante, pero se trata de lo sagrado no como revelación sino como lo irremediable en nuestro diario vivir, a pleno sol, en la niebla, a medianoche, la hora del insomne que escribe sobre el hilo de la página. Nadie nos regresa, advierte Tarek William, porque no cesamos de añorar un reino que es el regreso a lo imposible que es dar la espalda a nuestro ser, extrañamente
Libre como el gorrión
sobre un tejado
miro aquella rosa negra en tu corazón de espinas
Y ya nada
de ti
jamás
vivirá en mí
Nada.
Pareciera que acabáramos de oír una vieja balada de la eterna vieja poesía. He aquí otra de las frecuentes virtudes de este nuevo decir. Retomar un idioma perdido, renovarlo como si sembráramos un jardín de la otredad. Nunca como ahora un poeta de tan acostumbrada elocuencia ha conseguido una nueva escritura callándose en su propia vividura. Casi al final, mientras la delgada página se extenúa en su misma parquedad escuchamos cuánta evidencia guarda lo eterno, la de la hoja
cuando del árbol
cae
y el viento
fugazmente
la hace volar
¿Acaso un asomo de una sobrevivencia en mitad del desamparo?
Recibamos entonces esta nueva escritura de Tarek William Saab, la de su largo viaje hacia mismo, nunca como ahora más universal.
Luis Alberto Crespo (Caracas 24 marzo 2025)
