Gibran Khalil Gibran (1883-1931), el célebre escritor libanés que trascendió las etiquetas. Aunque el mundo lo reconoce como un filósofo influyente, Gibran se definía a sí mismo como artista y poeta, rechazando encasillamientos académicos. Sumérgete en la vida y obra de este pensador profundo cuya poesía lírica, aforismos inspiradores y parábolas universales continúan cautivando a generaciones. Descubre por qué el renombrado escultor Auguste Rodin lo comparó con «el William Blake del siglo XX», otro espíritu libre que desafió las convenciones.

Gibran Khalil Gibran

Emigrado a Estados Unidos a temprana edad, el joven Gibran pronto emergió en el panorama intelectual árabe como una voz innovadora, liderando una nueva sensibilidad literaria. Su obra poética, aunque relativamente breve, fusionó magistralmente la filosofía oriental, la mística sufí, la rica tradición de la casida árabe, la mitología griega, la literatura europea moderna y los ecos de su Líbano natal. Las alabanzas maronitas y las canciones festivas de su aldea de Bsharri, enclavada en las majestuosas montañas libanesas, impregnaron su sensibilidad artística.

Su horizonte creativo se expandió en las galerías de Boston y las universidades de París, experiencias posibles gracias al apoyo incondicional de Mary Haskell, su gran amor y principal impulsora. A pesar de la acogida en los centros artísticos de la época, Gibran nunca olvidó su condición de extranjero y exiliado, un sentimiento plasmado en su obra «La tempestad». En ella, se define como poeta y peregrino, uniéndose al «canto del mundo», una melodía íntima que resonaba en su propia alma, transformando su entorno en misterio y posibilidad. Esta visión comparte ecos con la del poeta Pièrre Reverdy, quien concebía la poesía como una exploración de las conexiones ocultas de nuestra realidad. ¿Quién mejor que un forastero para revelar nuevas perspectivas de lo cotidiano?

Sorprendentemente, la visión artística de Gibran se manifestó tempranamente en su pintura. Aunque menos conocida hoy que sus libros, su obra visual fue altamente valorada en su tiempo. Figuras como Carl Jung, Rabindranath Tagore y W. B. Yeats posaron para sus retratos. Gibran poseía una profunda comprensión del poder simbólico de la imagen. Sus exposiciones revelaban cuerpos humanos fusionándose con el paisaje libanés, representando ríos, rayos, piedras y nubes. Su explicación era simple y profunda: esta era su manera de expresar la vida y dignidad inherentes a la naturaleza. Esta conexión esencial entre la humanidad y el paisaje constituye el núcleo de toda su creación artística, tanto literaria como pictórica.

Ayman El-Desouky, experto en literatura árabe, describe la pintura de Gibran como una «psicografía», una liberación del pensamiento codificado en iconos. Podemos entender la psicografía como la capacidad de pintar nuestra forma de pensar y, simultáneamente, aprender a pensar cómo pintamos: dejándonos guiar por una fuerza interior que nos ofrece asombro y se alimenta de una curiosidad genuina por los límites del mundo.

Gibran no se basó en teorías metafísicas, sino en percepciones íntimas. Exploró nuestra relación con Dios, la naturaleza y la conciencia, así como las diversas formas de libertad. Su desconfianza hacia los gobiernos y nacionalismos se resume en una poderosa frase de «Arena y espuma»: «El gobierno es un acuerdo entre tú y yo. Tú y yo estamos, con frecuencia, equivocados». Abogó por una sociedad justa y flexible, que honrará la individualidad y la interdependencia humana. Para Gibran, la humanidad era una empresa colectiva donde el destino de uno afectaba a todos, pero cada individuo poseía un camino único. Su concepción del «poeta» resonaba con su personaje de «el precursor» (inicialmente «el solitario»), un creador desde la marginalidad y la rebeldía.

Este espíritu libre también lo impulsó a cuestionar las instituciones religiosas. A pesar de su origen maronita y su fascinación por los mitos religiosos, especialmente los cristianos, rechazaba la práctica formal de cualquier culto. Su visión de Dios evolucionó de un juez a una fuerza vital que permea la existencia. Exploró la conexión entre la pasión, la tentación y el demonio, concluyendo que si el deseo y lo sagrado nos movían, entonces desear era sagrado. «Creo que Dios es sencillo», escribió a Mary. Su Dios poseía humor, amor por el juego y una posible aversión a las fórmulas teológicas rígidas. Acercarse a lo divino debía ser una exploración gozosa y gentil, no un acto de obediencia ciega.

Aunque podríamos considerar su visión de Dios como propia de un iluminado, Gibran nunca buscó mitificar su rol como escritor. Se describía con humildad y sencillez, una postura revolucionaria en el contexto árabe, donde la poesía era la forma de arte más venerada. Su contribución más radical fue transformar la noción de la poesía en una expresión del alma. Sus palabras, como las siguientes de «El profeta», resuenan con una verdad universal:

El amor no posee ni es poseído,

porque el amor es suficiente para el amor.

Cuando amen, no deben decir: “Dios está en mi corazón”, sino

“Yo estoy en el corazón de Dios”.

Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su premio.

Hay quienes dan con dolor y ese dolor es su bautismo.

Y hay quienes dan y no saben del dolor de dar, ni buscan la alegría de dar, ni son conscientes de la virtud de dar.

Dan como el mirto da su fragancia en el valle.

Se dice a menudo: “Daré, pero sólo a quien lo merezca”. Eso no es lo que dicen los árboles en sus huertos ni los rebaños en sus praderas.

Ellos dan para vivir, porque guardar es perecer.

Gibran abrazó el concepto del arte como una forma desinteresada de generosidad. «Me gustaría abrir mi pecho», confesó a Mary, «sacarme el corazón y sostenerlo en las manos a la vista de todos: una persona no tiene deseo mayor que revelarse a sí misma y ser comprendida por el prójimo. […] Nadie puede vivir a solas con la belleza que percibe».

Este anhelo de conexión y comprensión sembró la semilla de su obra cumbre, «El profeta». En este libro atemporal, Almustafá, «el elegido, el amado», responde a las preguntas esenciales de su pueblo mientras espera su partida. Una figura que evoca a Jesús y Mahoma, con el espíritu del Zaratustra de Nietzsche, Almustafá encarna la divinidad que, según Gibran, reside en nuestro interior. Su visión de un trabajo impregnado de cariño, donde cada creación se ofrece a un ser amado, refleja su profunda creencia en la interconexión. Para Gibran, la alegría y la tristeza compartían la misma copa, cada bendición portando el potencial de dolor y cada pena abriendo un espacio para la felicidad futura. Dualidades como la vida y la muerte, el espacio y el tiempo, el cuerpo y el alma, la materia y la forma, el dolor y el placer, la pasión y el pensamiento eran para él inseparables, uniendo a las personas con lo divino.

Aunque cualquier escuela podría etiquetar sus ideas como «filosofía», Gibran prefería llamarlas «arte», «pintura», «poesía», «carta», gestos humildes hacia lo que trasciende el lenguaje cotidiano pero nos interpela constantemente. A veces lo llamaba «locura», como cuando expresó su profunda empatía: «Algo debe de estar ocurriéndome, Mary. Veo a las personas y sé que sus almas son buenas». Otras veces, lo presentaba como una simple «idea» para compartir: «Si aprendo a valorar la grandeza del prójimo, seré capaz de ver la mía». En esencia, Gibran dedicó su vida a redefinir nuestra comprensión de lo natural, lo divino y lo profano, buscando transformar nuestra percepción de nosotros mismos, de los demás y de la tierra. Tras su muerte, legó a Mary Haskell su legado artístico y literario. A sus lectores, nos dejó una invitación perdurable: el sincero deseo de que seamos capaces de vivir la sacralidad de cada instante.

Referencias

Gibran, Khalil. Una antología ilustrada, Compilación de Ayman A. El-Desouky, Blume, 2010.

—. Cartas de amor del profeta. Adaptación de Paulo Coelho, traducción de Roser López, Ediciones B, 1998.

—. El loco y Arena y espuma. Traducción de Leonardo S. Kaim. Publicación independiente, 2020.

—. El profeta y El jardín del profeta. Ilustrado por Ana Inés Castelli, Editorial Alma, 2021

Siham El Khoury Caviedes es Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana.

Datos de la Autor

Siham El Khoury Caviedes es una escritora, editora, docente, dictaminadora y académica mexicana. Estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana.

Sus actividades:

  • Es escritora académica y de divulgación.
  • Trabaja como editora en Siglo XXI Editores S.A. de C.V.
  • Es dictaminadora.
  • Es docente.

Sus publicaciones:

  • Ha escrito sobre Julio Cortázar.
  • Ha escrito sobre la poesía de la resistencia palestina.
  • Ha escrito sobre Antoine de Saint-Exupéry.William Blake del siglo XX

Te invito a que sigas leyendo: Hermann Hesse en sus obras